Gerardo caminó por los pasillos con las manos en los bolsillos, arrastrando los pies con resignación teatral. El eco de las risas del salón aún rebotaba en su cabeza, pero ya no dolía tanto. Lo habían expulsado de clase, sí… pero al menos había conseguido una mirada de Alejandra. Y eso contaba como victoria.
Salió al patio, cruzó el pasillo techado que daba al campo de fútbol y se sentó en las viejas gradas de madera, donde las grietas formaban constelaciones desconocidas. El viento le despeinó aún más el cabello, y él se dejó caer con un suspiro largo, mirando hacia el cielo.
—Algún día seré puntual… —murmuró con media sonrisa.
Luego bajó la vista hacia el césped.
El campo de fútbol estaba vacío, pero en su mente no lo estaba.
Una horda de sombras emergía de la portería norte, sus bocas ocultas escupiendo gruñidos, las garras alzadas. Eran al menos veinte. No, treinta. Cuarenta. ¡Una legión entera!
Gerardo se puso de pie con un brinco, como activado por un resorte invisible. Bajó de las gradas de un salto, rodó por el césped, esquivó una garra veloz, se levantó de un impulso ágil y, con solemnidad guerrera, recogió una rama larga y firme. Su espada.
—¡En guardia, criaturas de la oscuridad! —gritó, girando sobre sí mismo mientras lanzaba estocadas en el aire.
Uno a uno, las sombras desaparecían a su paso. Saltaba sobre ellas, rodaba, bloqueaba golpes y contraatacaba con una maestría que solo él podía admirar. Era imparable. El héroe de su propia historia. El protector de la escuela. El último bastión de la humanidad.
Pero entonces lo sintió.
Un cambio, un pequeño escalofrío
Algo… distinto.
Al fondo del campo, más allá de la línea de medio campo, algo brilló. Un destello pequeño. Gerardo se detuvo, aún en posición de combate, la rama firme entre sus manos sudadas.
No era una sombra.
No era imaginación.
Era un niño.
De verdad.
Un niño de su edad, rubio, de ojos azules, agachado con la mirada fija sobre el pasto como si estuviera desactivando una bomba. Gerardo se sonrojó al instante. El espectáculo de su coreografía de guerra había tenido público.
Como por arte de magia, las sombras se disolvieron en el viento.
El niño, ajeno a la pequeña tragedia social de Gerardo, sacó un frasco de vidrio de su mochila y lo cerró con un movimiento rápido. Lo levantó triunfante.
—¡Por fin te atrapé! —exclamó, satisfecho.
Gerardo, aún con la rama en la mano, tragó saliva. Dudó un segundo, pero la curiosidad le ganó.
—Eh… hola.
El niño lo miró, sin rastro de juicio.
—Hola.
—¿También llegaste tarde? —preguntó Gerardo, esperando encontrar un aliado en el arte de la impuntualidad.
—No —respondió el otro, muy tranquilo—. Decidí que no quería entrar a la primera clase. Porque ayer, justo a esta hora, vi a esta belleza… y no pude atraparla.
Le mostró el frasco. Dentro, una abeja revoloteaba con furia moderada.
—¿Una abeja? —preguntó Gerardo, frunciendo el ceño—. Niño, deberías liberarla. Solo la haces enojar. Además, si no regresa pronto a su colmena, enviarán refuerzos.
El niño rubio sonrió.
—No me llamo “niño”. Llámame Jaime. Jaime Domingo. Y si vienen más abejas, mejor. Así podré tener más muestras para inspirarme.
—¿Muestras?
Jaime bajó la mirada un instante, jugueteando con el frasco como si se preguntara si debía compartirlo.
—Supongo que… puedo enseñarte. Si… quieres, claro.
—¿Bromeas? ¿¡Tienes más prisioneros!? ¡Quiero verlos! Ah, soy Gerardo, por cierto.
Jaime parpadeó, sorprendido. No estaba acostumbrado a que alguien reaccionara con entusiasmo a sus capturas. Aun así, asintió con cierta duda y comenzó a caminar hacia las gradas, mirando de reojo a Gerardo como si esperara que en cualquier momento cambiara de opinión.
Al llegar, se arrodilló y abrió su mochila. Sacó otros dos frascos: en uno, una cucaracha de buen tamaño. En el otro, una araña de patas peludas.
—¿Eso también lo atrapaste hoy?
—No. La araña es de mi patio. La cucaracha… de la dirección.
Gerardo parpadeó.
—¿De la dirección?
—Sí. Salió del archivero cuando la directora pegó un grito. Yo aproveché el caos.
Sacó entonces una libreta. Al abrirla, las páginas revelaron un mundo completamente distinto. Criaturas imposibles llenaban los márgenes: ratas con alas de murciélago, arañas con manchas de mariquitas, escorpiones con ojos de mosca. Una en particular llamó la atención de Gerardo: una especie de araña con antenas de cucaracha… y unas alas recién esbozadas.
—¡Qué buen diseño! —exclamó Gerardo—. ¿Y esta cosa cómo se llama?
Jaime se encogió de hombros.
—No lo sé. Aún no tiene nombre.
—¿Puedo?
Jaime lo miró con los ojos un poco más abiertos, sorprendido de que alguien apreciara su dibujo en serio. Por primera vez en todo el día, sonrió de verdad.
—Puedes —asintió con solemnidad, pero con un brillo recién estrenado en la mirada—. Que sea digno.
Gerardo alzó ambas manos con entusiasmo y declaró:
—Cranemor.
Anterior: Donde todo empezó tarde
Siguiente: Testigo Silencioso

Comentarios
Publicar un comentario