Hace 30 años.
Alguien jadeaba.
Los pasos resonaban con fuerza contra el mosaico antiguo del pasillo principal, cada zancada una batalla contra el tiempo. Un par de zapatos negros—ahora grises por el polvo— zigzagueaban entre mochilas olvidadas, piernas distraídas y conserjes malhumorados.
—¡Cuidado, niño! —gritó alguien con un trapeador levantado como arma defensiva.
El niño no respondió. No podía. La lengua le colgaba como si quisiera salir de su boca, y el corazón le golpeaba las costillas como un tambor de guerra. Solo había una meta: el salón 5B.
Giró con violencia en el último corredor, esquivó a un grupo de alumnas con moños gigantes y empujó la puerta con ambas manos.
¡BAM!
El salón completo se giró hacia él al unísono, como si fueran parte de una misma coreografía. Treinta pares de ojos lo escanearon de pies a cabeza con una mezcla precisa de sorpresa, desaprobación y... ligera expectativa de drama.
Gerardo Adame —diez años, cabello revuelto, mochila colgando de un solo hombro y aliento a cereal con leche— se plantó en la entrada como un héroe trágico que había perdido su batalla contra el tiempo.
La profesora Hilda Treviño, alta, delgada y siempre envuelta en un aroma a café fuerte, esperaba al frente con la compostura de una reina y una libreta de faltas como cetro.
—Otra vez tarde, ¿Adame?
Gerardo sonrió, aún recuperando el aliento.
—Vamos, profe… No han pasado los quince minutos de tolerancia.
La profesora esbozó una sonrisa tranquila, del tipo que anuncia tormenta.
—Son las ocho con dieciséis, Gerardo. Lo lamento… deberás esperar hasta la siguiente clase para poder entrar. Asumiendo —dijo, mientras cerraba su libreta con un golpe seco— que no seas tan descarado como para también llegar tarde a tu segunda clase.
El salón entero estalló en risas contenidas, algunas más crueles que otras. Un chico golpeó levemente su pupitre con el puño, como quien celebra un buen chiste. Otro imitó la voz de la maestra en un susurro exagerado. La vergüenza le subió a Gerardo desde los tobillos hasta la nuca.
Sentada cerca de la profesora, una niña de cabello lacio y trenzas perfectas bajó la mirada lentamente, fingiendo concentración en su cuaderno. Su nombre: Alejandra Andrade.
Gerardo tragó saliva, se acomodó el tirante flojo de la mochila y, con una sonrisa torcida, disparó su última defensa antes de la retirada:
—Ni hablar. Te encargo los apuntes, Ale.
La mitad del grupo soltó un “¡Uuuuuh!” apenas contenido. La otra mitad simplemente giró hacia Alejandra con sonrisas pícaras y codos que pedían explicaciones.
Ella se sonrojó de inmediato. Sus labios apretados intentaron contener el rubor inútil, pero no pudo evitar soltar un murmullo entre dientes:
—Idiota…
Gerardo se retiró del marco de la puerta como si nada hubiera pasado, pero con el pecho inflado, como quien ha salido herido… y aun así ha ganado algo.
Desde adentro del aula, Alejandra sacó su cuaderno con un suspiro.
Y escribió:
Aunque, sinceramente, el que más le latía en ese momento… era el del ridículo.
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