—¿Cranemor?
—Sí. Vive en una cueva en lo alto de una montaña. Usa sus antenas para detectar humanos… y cuando siente uno, salta con sus ocho patas, vuela a gran velocidad y… ¡crash! Solo quiere una cosa: morder cráneos.
Gerardo bajó las manos, como si acabara de revelar una verdad importante.
—Por eso se llama Cranemor —añadió, orgulloso—. Por “cráneos mordidos”. Obvio.
Jaime sonrió al escucharlo.
—No lo había imaginado como un gigante. Suena genial. ¿Y cómo se le vence?
—Mmm… un buen espadazo. Muchas flechas. O el infalible lanzallamas. Pero hay que tener cuidado. Si lo escuchas, ya es tarde.
—¡Brutal!
Ambos reían, imaginando los rugidos de Cranemor, cuando de pronto:
—¡Ouch! —exclamó Jaime, llevándose la mano al cuello.
Gerardo se inclinó de inmediato, alarmado.
—¿Qué pasó?
Jaime abrió la mano, y en su palma temblaba una abeja moribunda, apenas un par de aletazos antes de quedar inmóvil. Gerardo la observó con una mezcla de asombro y cruel satisfacción.
—¡Karma instantáneo! —soltó entre carcajadas—. Vino a rescatar a su compañera. ¡Los refuerzos!
Pero Jaime no sonreía.
—Esto es malo… —dijo en voz baja, con un tono completamente distinto.
—¿Qué? —preguntó Gerardo, enderezándose.
—Ve… ve rápido a dirección. Que llamen a un médico.
Gerardo parpadeó.
—¿Por qué?
—Soy alérgico —respondió Jaime, con dificultad—. Pronto no podré respirar.
Gerardo se congeló.
—¡¿QUÉ?! ¿¡Eres alérgico a las abejas y JUEGAS con ellas!?
—Suelo ser muy cuidadoso… —balbuceó Jaime, con una mueca de dolor—. Pero tú me distrajiste.
—¡¿Yo?! ¡¿Yo qué?! ¡¿Cómo se te ocurre…?!
—¡Ya basta! —jadeó Jaime, tambaleándose—. Deja de perder el tiempo… y corre.
Gerardo se lanzó a la carrera con toda la velocidad que le daban las piernas, no por llegar a clases, sino por llegar a tiempo.
Jaime se dejó caer sobre las gradas, su respiración ya agitada, su rostro comenzando a perder color. A pesar del malestar, esbozó una pequeña sonrisa, aún mirando el cuaderno abierto sobre sus piernas.
—Cranemor… suena bastante bien… —susurró.
Su vista comenzó a nublarse. El viento soplaba cada vez más fuerte, los pasos de Gerardo se perdían en la distancia y el mundo entero parecía vibrar en un zumbido grave.
Y entonces la vio.
De pie, a unos metros frente a él, una mujer. Alta, delgada, vestida de negro. Su cabello oscuro se movía apenas con el viento, pero su rostro permanecía inmóvil. Sus ojos no mostraban susto ni urgencia: solo una calma helada, una tristeza tan honda que dolía mirarla.
Jaime intentó hablar, pero su garganta se cerró. El mundo se disolvió en un zumbido…
Y lo último que vio antes de caer fue el brillo tenue de esos ojos, fijos en él, decepcionados.
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